La suprema definición

Por Rubén Berríos Martínez 

Prólogo del libro La Tierra Prometida

Muchos puertorriqueños recuerdan las primeras lluvias de mayo de su infancia.  Las mías, caminando enchumbado junto a mi padre desde mi casa en la calle Betances de Aibonito a la de mi abuelo en la Baldorioty, eran frías y mágicas; un rito sencillo por el que pasamos los de mi generación, probablemente originado en los ciclos de la siembra y la cosecha y humanizado para que también las personas pudiéramos florecer.

También allá, en el fondo de la memoria, abuelo en su finca de Asomante mostrándome las cicatrices, visibles todavía entonces, de las trincheras españolas cavadas durante la Guerra Hispanoamericana; las campanas de la iglesia tocando el fin de la Segunda Guerra; y el compañero de clase descalzo, extraordinario pelotero y estudiante que por alguna razón, desconocida entonces, partía al norte con su familia.  Más tarde, la mudanza a Santurce todavía pueblo y la transmisión radial de un duelo por la libertad protagonizado por un solitario y heroico nacionalista quien, desde su barbería en Barrio Obrero, se enfrentaba a un pelotón de la Guardia Nacional.

Fue por aquel entonces, poco antes y poco después de mis primeros recuerdos, que en Bayamón, el 20 de octubre del 1946, se fundó, bajo el liderato de don Gilberto Concepción de Gracia, el Partido Independentista Puertorriqueño.

Ahora, medio siglo después, me doy cuenta de que mis recuerdos están inextricablemente atados a los factores y circunstancias que dieron margen a la fundación del Partido Independentista Puertorriqueño y que ayudarían a configurar nuestro futuro: las tradiciones, el ejemplo de los próceres, los intereses estratégico-militares, la injusticia económica y Ia emigración forzada, la transición del mundo agrícola al urbano industrial, la persecución política y la lucha por la dignidad nacional y el respeto propio.

En el Puerto Rico del 1946, como en tiempos del profeta Daniel, el mensaje estaba escrito en la pared para los que tenían inspiración para entenderlo.  Al igual que el profeta supo descifrar la frase que la mano de lo alto esculpió en el muro del palacio y que el Rey de Babilonia no comprendió: “Mene Mene Tekel Upharsin”, los fundadores del Partido Independentista Puertorriqueño entendieron las señales de la historia.  Sobre el colonialismo también estaba escrito: “Dios ha medido los días del reinado… y le ha señalado su fin.  Pesado has sido en la balanza y fuiste hallado falto de peso”.

La fundación del Partido Independentista Puertorriqueño fue la respuesta digna y valiente a la humillación, al despojo y a la explotación de casi medio siglo de colonialismo norteamericano en Puerto Rico.  Por eso, en palabras de don Gilberto, nuestro partido se fundó para luchar por la “Independencia para el pueblo…, no para los que representan el privilegio y la opresión”.

Más aún, la invasión norteamericana, la presencia de de Diego y de don Pedro y las luchas sociales de los años treinta y cuarenta tienen que haber estado tan vivas en la memoria de los fundadores como en la de mi generación está la época de la postguerra, las décadas del sesenta y del setenta y la presencia de don Gilberto, amable y generoso, inquebrantable y prudente, sacrificado y perseverante; cincuenta años van desde el 1946 hasta hoy y sólo cuarenta y ocho habían transcurrido desde la invasión hasta el día de la fundación.  En el Partido Independentista Puertorriqueño se conjuga, pues, con tracto ininterrumpido, todo un siglo de lucha por nuestra plena libertad.

En este libro el compañero Fernando Martín analiza los orígenes del partido, describe la proeza de su persistencia como institución durante medio siglo y explica cómo se han ido aplicando, bajo diversas circunstancias, los principios que lo han inspirado desde su fundación.

Como es natural, el ámbito principal de estudio en un escrito sobre un partido como el nuestro, cuyo nombre define su naturaleza, es la lucha por la Independencia.  De ahí que, sin dejar de reconocer la importancia de otros aspectos fundamentales de nuestra lucha partidaria -económicos y sociales, legislativos y extra parlamentarios¬- el problema de la relación política con los EE.UU., el problema de “status”, constituye el hilo conductor del libro.  Pero el libro también contiene una penetrante y acertada interpretación, desde la perspectiva independentista, de la historia política puertorriqueña desde el 1946.

Finalmente, el libro presenta una visión ética de Puerto Rico; más allá de lo que en política es accidental y aparente, para Fernando Martín los principios y valores que inspiraron la fundación del Partido Independentista Puertorriqueño y el testimonio que de ellos ha dado nuestro partido con su conducta institucional ante la adversidad, se han ido arraigando en nuestro pueblo como arquetipo de sus aspiraciones más íntimas en la lucha por la superación; de ahí el título “La Tierra Prometida”.  Para Fernando Martín, como me dijo hace años un buen amigo y compañero de partido, “ser pipiolo es una forma de ver el mundo”.

Fernando Martín parece haber recibido el favor de la súplica de Juan Ramón Jiménez: “Inteligencia, dame el nombre exacto de las cosas”.  Mediante su capacidad de síntesis y conceptuación y su dominio de la comparación atinada y sencilla, integra con precisión y rigor los más diversos eventos, circunstancias y personalidades en un todo coherente que le da pleno sentido a lo acontecido.  No conforme con las contribuciones que ha hecho a la lucha por la Independencia, ahora hace una luminosa aportación a la historiografía y a la ética política puertorriqueña.  Pero debo advertir que ni aún el compañero puede ni pretende explicar lo inexplicable.

¿Por qué unos puertorriqueños supieron en el 1946 descifrar la   escritura en el muro de la historia y siguieron el camino difícil de la Independencia mientras otros que también sentían ansias de libertad y compasión por los desposeídos optaron por desviarse?

¿Qué complicada y quizás fortuita combinación de factores y circunstancias, o qué toque de luz divina hace que unos seres humanos anticipen épocas y se sacrifiquen por valores trascendentales?  ¿Por qué unos ven más allá?  Más aún, ¿por qué no se frustran y por qué perseveran durante toda la vida?

Son preguntas difíciles de contestar; los puertorriqueños no se dividen simplemente entre buenos y malos.  Basta decir que los fundadores del Partido Independentista Puertorriqueño, dirigidos por “Gilberto Concepción de Gracia y de Batalla”, como lo evocara Julia de Burgos, rechazaban el inmediatismo, ya fuera fruto de la compasión, del oportunismo o de la ambición de poder.  Fueron hombres y mujeres con sentido histórico y eco profético dotados de una indescifrable combinación de virtudes, instintos y sensibilidades que les impedía someterse al chantaje imperial para que renunciaran a la Independencia so pena del castigo económico.

Cumplieron con su deber aunque tuvieran que esperar medio siglo antes de que las condiciones se tornaran más favorables al logro de la Independencia.  Les aplica a los fundadores lo que el padre de Eugenio María de Hostos le profetizó a éste: “Hijo, te levantaste muy temprano”.  Sabían, como el patriota mayagüezano, que “Cuanto más llego a donde debo, más temprano llego”.  Por eso construyeron la tormentera que durante el medio siglo siguiente habría de guarecer a los defensores de la nacionalidad puertorriqueña contra el huracán de la creciente dependencia y asimilación, la persecución inmisericorde, el deslumbramiento ante el cambio socioeconómico y, quizás lo más difícil de superar, la frustración.

Ahora, cincuenta años después, clarea el horizonte y es tiempo de salir afuera a construir la Patria libre sobre la realidad que nos ha legado el último siglo.

Sucede ocasionalmente en la vida de los pueblos, al igual que en la experiencia individual de las personas, que acontecimientos en apariencia aislados, esperanzas que se ven inalcanzables o energías dormidas, van madurando hasta que despiertan, coinciden y cristalizan.  Nadie expresó con mayor hermosura el resplandor que genera esa coincidencia extraordinaria de factores que el poeta de Platero en su “Fiesta”:

“Las cosas están echadas

mas de pronto se levantan

y en procesión alumbrada

se entran cantando en mi alma”.

Respecto a nuestra Independencia también “las cosas” empiezan a levantarse.  Es como si los astros se alinearan, como como si estuviera por comenzar la fiesta de nuestra liberación.

El siglo XX puertorriqueño ha estado determinado por una poderosa corriente que nos ha arrastrado indefectiblemente: el interés geopolítico de la potencia más grande de este siglo sobre nuestra Patria.  La voluntad de los puertorriqueños, al igual que otros factores y consideraciones, ha sido elemento a veces importante, pero siempre secundario en la ecuación imperial.  Como lo diagnosticó certeramente don Pedro Albizu Campos, respecto a Puerto Rico los EE.UU. han estado interesados en la jaula, no en los pájaros.

Al presente la utilidad estratégica militar de Puerto Rico se ha reducido y los déficits federales limitan la capacidad del contribuyente norteamericano para seguir subvencionando el andamiaje colonial.  Más aún, los días del colonialismo están contados porque el ELA es la puerta abierta a la estadidad que los EE.UU. tienen que cerrar ya que la anexión es contraria a sus intereses nacionales.

Cada día es más evidente, además, que no hay nada que el ELA o la estadidad puedan hacer que la República no pueda hacer mejor.  Al ELA se le han eliminado prácticamente todas las viejas preferencias, tributarias, de mercado y de otra índole.  La Independencia, de otro lado, es hoy más necesaria que nunca para enfrentar los retos del mundo moderno con los poderes y flexibilidad que da la soberanía, y que tampoco puede proveer la estadidad constreñida por la camisa de fuerza de la uniformidad fiscal y el federalismo norteamericano.

En síntesis, el ELA ha perdido su utilidad y viabilidad; la estadidad -de hecho un ELA, una colonia con representación y contribuciones federales- no puede convertirse en realidad; y la Independencia, tantas veces reprimida y excluída, se evidencia y se confirma como lo que siempre ha sido, la solución natural al problema del colonialismo.

Ante estas realidades, se hace más claro que nunca que la clave de nuestra liberación radica en lograr que tanto Puerto Rico como los EE.UU. se enfrenten lo más pronto posible a la suprema definición albizuista: “Yanquis o Puertorriqueños”.  Ese es el camino y, en contraste, el temor a la definición por miedo a la estadidad, además de infundado, sólo puede llevar al inmovilismo o a la colaboración con el actual status colonial.  Más aún, no hay victoria sin audacia y nadie bajo ningún status puede despojar a nuestro pueblo del derecho inalienable a luchar por la Independencia.

Cuando a través de uno u otro mecanismo los puertorriqueños tengan que decidir entre ser puertorriqueños o “americanos”, como tarde o temprano lo harán, los independentistas alcanzaremos la victoria final, no importa lo que suceda en las etapas iniciales del proceso.  Los puertorriqueños somos y queremos seguir siendo puertorriqueños y los EE.UU., que nunca han estado interesados en los pájaros, han perdido interés en la jaula.

Hacia esa definición que, como demuestran los más recientes acontecimientos en el Congreso norteamericano, se acerca inevitablemente, ha estado dirigida consciente y consecuentemente la estrategia de nuestro partido.

Los independentistas siempre tenemos que estar preparados, como el apóstol, para la carrera larga, para la batalla prolongada, sin perder la fe.  En el 1874 Betances alentaba a de Hostos, herido éste por la ingratitud, con un consejo tan válido hoy como entonces: “Se necesita mucha paciencia, mucho trabajo, mucha abnegación.  Hay quien encuentra que Céspedes y Bolívar no hicieron bastante.  Qué no será, pues, lo que puedan decir de nosotros; pero, ¡adelante siempre!”.

Cuando conmemoramos el cincuentenario de nuestro partido, en la época de las nacionalidades y cuando la comunidad internacional proclama la década del fin del coloniaje, nos dirigimos al futuro llenos de esperanza.

La garantía del triunfo de nuestra causa es la reciedumbre de la nacionalidad puertorriqueña, antillana y latinoamericana, esa flor que crece silvestre aún en la tierra infértil del dominio extranjero, pero que no puede florecer plenamente ni en los sótanos de la colonia ni en los museos folclóricos de la anexión; esa nacionalidad nos hace un pueblo único y lo que ni el colonialista puede desvirtuar ni el entreguista negar para privarnos del derecho de ser dueños de nuestro destino.

Para luchar por la Independencia de nuestra nación se fundó el Partido Independentista Puertorriqueño.  Sus fundadores en la  tradición de de Diego y de don Pedro, lo crearon como el instrumento de “la nacionalidad en pie para rescatar su soberanía y salvar a este pueblo para los valores superiores de la vida”.

Hoy, cincuenta años después, aquí está el partido tocando el mismo cielo, firme, constante, perseverante.  Nuestra obligación como independentistas es honrar nuestro partido como legado invaluable de nuestros fundadores y fortalecerlo con tesón, lealtad y cariño para que, más temprano que tarde, en procesión alumbrada, entremos a la Independencia.

Autor

Ruben Berrios

Ver artículos