Plan Cóndor y Plan Atlanta: episodios históricos distintos

Por Manolo Pichardo

Para referirse a la persecución de que están siendo objeto los líderes de las  izquierdas o progresistas latinoamericanos, se habla con frecuencia de la “contra ofensiva conservadora”, realidad innegable, o “Nuevo Plan Cóndor”, sin reparar con esto último, en detalles de orden económico, social y político que, en su dinámica, van creando coyunturas a raíz de las realidades materiales que produce la mecánica de la dialéctica en su constante avance con ciclos, muchas veces parecidos, pero que no siempre son iguales, como veremos más adelante. Esta es razón más que suficiente para que no se confunda la enfermedad y se puedan buscar remedios apropiados.

El propósito del Plan Cóndor, puesto en marcha en la década de 1970 y extendido hasta los años que comprendieron el próximo decenio, se orientaba a impedir que las fuerzas revolucionarias de América Latina, específicamente en Sudamérica, alcanzarán el poder para administrar el gobierno de los estados desde una óptica popular que no necesariamente estaba llamada a emular el proceso revolucionario cubano, sino que éste sirvió de fuente de inspiración para organizar proyectos con ideas transformadoras que respondieran a la realidad económica, política, social y hasta cultural de cada país.

La Guerra Fría fue el marco que sirvió de soporte a una colaboración siniestra, dirigida por los Estados Unidos y en la que participaban las dictaduras de América del Sur para vigilar, perseguir y aniquilar a los opositores, sin importar que fueran revolucionarios o defensores del esquema de democracia representativa al estilo occidental, la que reclamaba el respeto a la soberanía, defensa de sus recursos naturales y fortalecimiento de una burguesía nacional que se convirtiera en clase gobernante.

La vigilancia a los opositores se garantizaba no importando el país en que se encontraran, porque todos los exiliados, uno de los recursos de persecución política,   eran seguidos día a día por los aparatos de inteligencia de los regímenes, todos dictaduras sustentadas por los Estados Unidos para garantizar control geopolítico y comercial. Pero cuando pisar los talones no se consideraba suficiente, la tortura entraba en escena; constituía un método “eficaz” para obtener información si se seguían las instrucciones de los manuales que para esos fines redactaban los estadounidenses en la Escuela de las Américas que operaba en Panamá.

A veces la naturaleza salvaje de los torturadores se imponía a las recomendaciones de los manuales y el torturado moría. Las mujeres eran violadas sexualmente y sometidas a toda suerte de humillaciones; los hombres transitaban por un oscuro túnel sangriento, lleno de dientes sueltos, de carne rota y mallugada, huesos quebrados, pulmones reventados, uñas extraídas al calor de los insultos y todo el manto de cruentas obscenidades que servía de antesala al patíbulo.

Los síntomas de debilitamiento del bloque soviético y el asomo del fin de la Guerra Fría fueron poniendo punto final al Plan Cóndor. La unipolaridad que se impondría posteriormente, sumado a la desorientación y  pérdida de referentes de las izquierdas, desmovilizaron a las fuerzas progresistas que, lograron reactivarse gracias al fracaso de las políticas que implementó al capital mundial, a la luz de la arrogancia de su victoria frente a las llamadas democracias populares.

El fiasco que representaron las políticas neoliberales permitió el ascenso al poder de las fuerzas progresistas que, comenzaron a gobernar en favor de las grandes mayorías, lo que devino en el apoyo continuo en las urnas. Estos sucesivos éxitos electorales  trajeron la urdimbre conservadora de sacar del poder al progresismo por vía no electoral; recurriendo al descredito mediático del liderazgo que representa estas fuerzas para luego convertir la ofensiva de los medios de comunicación en procesos judiciales.

Aunque a esta trama se le llame el Nuevo Plan Cóndor, lo cierto es   que sus características la alejan de aquella coordinación infausta; pues su sutileza y la forma en que se concibió en Atlanta, le dan una personalidad distinta y propia que nos hace recurrir a la afirmación de Carlos Marx en el XVIII Brumario de Luis Bonaparte en la que expresó, refiriéndose a lo dicho por Federico Engels, de que los grandes hechos y personajes de la historia universal aparecen como si dijéramos dos veces, que se olvidó agregar que una vez como tragedia y otra vez como farsa, cuestión que se explica si atendemos a analizar los procesos políticos partiendo de los procesos sociales, los que a su vez se generan  en la forma que producimos las riquezas, y éstas, las riquezas, determinan, dependiendo de su distribución, el equilibrio de las fuerzas de la sociedad que marcan la dinámica de los hechos históricos.

Ya antes de la afirmación de Marx, y por supuesto, sin recurrir al materialismo histórico para analizar los fenómenos  políticos y sociales, el filósofo italiano Giambattista Vico, afirmaba que la historia no avanzaba en forma lineal bajo el impulso del progreso, sino en ciclos repetidos que implican avances y retrocesos; aunque aclaró que la reaparición de un ciclo llega con nuevo signo. Dicho de otra manera, sostenía que ciertos períodos  históricos tienen características semejantes entre sí, pero insistía en que variaban en detalles, y eso lo determina, como ya he dicho, la personalidad de cada momento histórico signado, vuelvo a insistir, por la forma en que se producen las riquezas.

Viéndolo desde esta óptica, el atraso de las fuerzas productivas marcado por el escaso desarrollo capitalista en toda América Latina, no podía producir  sociedades como la estadounidense o como algunas europeas, sobre todo aquellas que a tiempo salieron de las monarquías absolutas y pudieron avanzar hacia sociedades estructuradas bajo un orden jurídico estable en donde la clase gobernante impedía el surgimiento de caudillos o dictadores que desafiaran el ordenamiento hecho de acuerdo a sus intereses y beneficio.

Los caudillos y dictadores llenaban el vacío de esa inexistente clase gobernante, que sí fue clase dominante, dirigida por gobiernos como el de Estados Unidos o Inglaterra que aprovechaban las debilidades institucionales propias del escaso desarrollo capitalista para sostener o promover déspotas que garantizaran la presencia de sus empresas, que en la práctica y junto a los embajadores, constituían el verdadero poder político que movía la inmensa maraña de hilos que servían para dar vida a los títeres en el gran teatro que permitía la operación de un plan como el Cóndor, cuyas características le impedirían operar en la actual sociedad latinoamericana.

Y es que, si bien es cierto que nuestra región no ha alcanzado los niveles de desarrollo que los Estados Unidos, las fuerzas productivas han avanzado con relación a la de los años que comprendieron las décadas de los 70 y .80. Pero además, el avance de la ciencia de la comunicación y la información; el empuje y financiamiento de la era digital, del acercamiento de las sociedades a nivel planetario, de la expansión del conocimiento y el acceso a la educación, del asomo de la revolución de la inteligencia artificial, hacen imposible el resurgimiento del Plan Cóndor, aquella expresión del troglodismo de una época marcada por la ignorancia, que aunque persiste, no se acerca a lo que fue.

Los conservadores hoy día no pueden recurrir a la sangre de forma franca y abierta como lo permitía el Plan Cóndor, por ello el Plan Atlanta ha venido a ser la alternativa para recuperar el poder sin votos, haciendo un uso inescrupuloso de los medios de comunicación, la mayoría de los cuales controlan dejando a las fuerzas populares una invisible minoría, para de allí dar el salto a la “justicia” con el propósito de matar políticamente a los que se atrevieron a desafiar su largo, inexpugnable y prepotente dominio.

 

Autor

Manolo Pichardo

Manolo Pichardo es el Presidente de la Conferencia Permanente de Partidos Políticos de América Latina y el Caribe, Copppal, Ex-presidente del Parlamento Centroamericano, Parlacen y miembro del Comité Central del Partido de la Liberación Dominicana (PLD).

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